Esta es una idea que, aunque Lore no lo crea, aún no he descartado del todo. Claro, que ya le he dicho que empecé a escribirla a las seis menos veinte de la madrugada, con las consecuencias de una noche de insomnio y una sobredosis de mandarina (y este es tema para tratar en otra entrada). En fin, os presento lo que tiene de título: Paranoia a las 5.40 am:
Querido árbol:
Por aquella, yo era demasiado pequeño para entender las consecuencias de ……
A los seis años, aprendí a subirme a la higuera que mi abuelo había plantado en el lugar privilegiado de su huerta y a la que cuidaba como el mayor de los tesoros. A los doce, ya era un experto en ese arte y conseguía llegar a las copas más altas para coger las mejores frutas y ganaba a mis amigos en nuestras competiciones improvisadas subiendo a los cipreses del cementerio.
Recuerdo que fue ese otoño cuando empecé a recorrer los campos del señor Guzmán, recogiendo castañas con mis amigos, aunque después de un par de días, cuando más o menos empecé a conocer la zona, hice de mi reino las copas de los orgullosos árboles. Mis amigos eran más fuertes y veloces en el suelo, pero yo me convertía en el dios de las alturas en cuanto me encaramaba a la primera rama.
Así pasé mi infancia y buena parte de mi adolescencia, con la cabeza y el cuerpo en las nubes y los pies bien lejos de la tierra. Claro que también estaban los muros, las tapias, las balconadas del pueblo… pero aquello no era tan divertido y, más que un descanso en las alturas, solía costarme una buena regañina.
Bueno, la historia no terminaría ahí, pero la verdad, creo que dejé de escribir justo a tiempo para irme a tener una mañana de sueño reparador. Y como tampoco recuerdo a donde demonios quería llegar, os dejaré que le pongáis el final que os apetezca.
¡Saludos!